domingo, 29 de enero de 2012

Capítulo 3. Partido Democrático Infantil.


Capitulo 3.
Partido Democrático Infantil.

Claudia me era incómoda desde aquella triste situación. Como un año después llegó a decirme David, bien emocionado, que Claudia, ahora si, quería ser mi novia. Yo, ni me emocioné. Ahora me gustaba una chavita que iba en otro grado, para hacerme la vida más fácil. No se por que, ahora que lo recuerdo, me gustaba agarrar esa honda con los amigos de compartir los amores platónicos. Desde mi primera y única desilusión amorosa  ya no quise saber mas de mujeres de carne y hueso. Solo las veía como una imagen ideal, que cuando se te aparecía realmente, te hacía palpitar el corazón muy fuerte, y que era posible compartir con los amigos. Las mujeres, así, traen menos problemas.
Me gustaba Yolanda. Una nena que iba en un grado más abajo. Pero no le hablaba ni hacia nada por conocerla. El miedo al rechazo se me quedó grabado,  así que ya no le daba posibilidad. Eso si, en cada recreo agandallaba a sus compañeros de clase por que como los odiaba. Y, a fin de cuentas, la vida seguía. Así que ahora fui yo el que rechacé al envisario de Claudia. Y no me sentí ni bien ni mal. Me volví indolente. Yo, ya no quería saber más de nenas. Iba a ser un lobo solitario por el resto de mi vida.
De ahí en adelante me era muy difícil, casi imposible, comunicarme con ellas. Me volvía tartamudo al hablar con alguna que me moviera algo. Con las que no me gustaban si podía hablar, pero ¿para que? En fin. En esa época dedicaba mis fantasías y mis ímpetus a cuestiones políticas. Me había formado un mundo de fantasía a raíz del mundo socialista y capitalista y tenía todo un santuario de héroes que iban desde el Che Guevara, Salvador Allende, Zapata, Sandino, hasta Marx,  Lenin y Ho Chi Min, pero estos mas lejanamente. Yo dividía al mundo entre capitalistas y socialistas.
 Los primeros eran los malos y los segundos los buenos. Algunos vecinos me agarraban de bajada, pero esa era mi honda. El ver que a algunas personas no les parecía este rollo era mas estimulante. Me daba mi toque de rebeldía, como el que habían tenido los ídolos pertenecientes a mi santuario. Mi papá, como ya lo dije, había pertenecido al Partido Comunista y entonces yo, tal vez de ahí traía ese rollo.
Me acuerdo que antes fui algunos domingos con los pioneros, una especie de boy scouts pero con sede en la Unión Soviética y nos poníamos el paliacate rojo al cuello. Una vez al año se organizaba un festival, donde los antes llamados países socialistas llevaban su cultura. Vendían artesanías y afiches e iban a cantar artistas. En uno de esos festivales escuché por primera vez a Silñvio Rodriguez. 
Tenían su encanto por que, bien que mal, los coronaba un aura rebelde siendo que existía ese enfrentamiento, artificioso y de birrete como después nos dimos cuenta, pero que al fin existía, entre los antes llamados países del bloque socialista y los del bloque capitalista. En fin, que en los países socialistas a los rebeldes se les llamaba capitalistas y en los capitalistas pues socialistas. Y yo, quería ser un rebelde.
En la primaria iba con una gama de cuates, hijos de exiliados políticos de Argentina ( dos nenas), Uruguay (dos cuates) y Chile (un cuate.) Curiosamente yo era el que mas se metía en estas cuestiones, viendo a la política como parte de mi vida. En las conferencias libres exponía sobre la guerra de Vietnam, el gobierno de Salvador Allende, la vida del Che Guevara y cosas por el estilo. Con un cuate uruguayo, Luis Pablo, formamos el P.D.I: Partido Democrático Infantil. En nuestros mejores tiempos organizamos una huelga.
Lo que pasó fue  que la maestra Alma, la fundadora de la escuela y mejor pedagoga del lugar, se había ido un año a estudiar a Suiza y había dejado en su lugar a su hermana, una maestra de escuela tradicional hasta ese momento, quien no conocía de las dinámicas en “Escuela Activa”. En fin, que tomamos como pretexto los chismes que nos contaba Licha, una muchacha de rasgos indígenas que era quien hacía el aseo y vivía en la escuela, y acababa de tener un hijito y estaba molesta con la directora suplente ya ni me acuerdo por que razones.
El chiste es que Licha representaba una causa noble. El pueblo, desde el ángulo mas cercano que se nos presentaba. Pasamos a los salones y recolectamos fondos para ayudar a Licha. Nos sorprendimos de la cantidad que juntamos. En total contamos doscientos pesos. No supimos que hacer con el dinero. Al otro día empezamos la huelga. Después del recreo, en coordinación con miembros de otros salones salimos en  desbandada gritando: -Hueelga, Huelga.- y nos reunimos en el patio sin un objetivo en concreto. Después entramos otra vez a los salones. Algunos, nos quedamos en huelga permanente, hasta que no se resolvieran las demandas de Licha. En todo lo demás, también estábamos en contra.
Los chavitos de segundo rayaron y pintaron el coche de la directora que, para nosotros, era la encarnación de la injusticia. El mismisimo diablo, o para ser mas exactos la representante mas directa del Presidente de Estados Unidos en persona. Al principio me dio gusto esta acción, pero después nos metió en serios problemas. La Maestra nos la hizo de súper bronca. A Licha también la metimos en complicaciones y nunca le dimos el dinero. Un cuate ya se lo quería gastar en la pintura del coche de la maestra. Yo me opuse y mejor propuse que se regresara el dinero.
Ya ni me acuerdo que paso pero Adán, el que le quería regresar el dinero a la maestra, era el tesorero y la verdad es que su hermano había sido de los que habían rayado el coche, y estaba metido en un gran lió. Ahora que lo pienso, creo que el dinero se fue en la pintura del coche de la directora. Días después, solo continuamos la huelga Luis Pablo y yo. Otros amigos a veces se nos unían, pero luego también se iban a trabajar en lo que decía la maestra, para no afectar sus calificaciones. Nosotros no. Los ideales estaban antes que el promedio.
El día que se resolvió nuestro conflicto fue cuando nos tocaba ir a un paseo escolar. Toda la escuela iba a salir a un museo menos nosotros. Nuestras convicciones y dignidad no nos permitían levantar la huelga bajo ninguna circunstancia. Ya llevábamos como dos semanas así y nuestra actitud representaba a la de los demás compañeros, que un glorioso día salieron de sus salones gritando Huelga. La Directora llegó, en comisión especial, para hablar con nosotros.
Estos últimos quince días, los habíamos dedicado a pensar en argumentos para cuando tuviéramos que dialogar con ella. Ahora había llegado el momento y nos pusimos sumamente nerviosos. No logramos balbucear ni dos razones. Lo único que logramos fue ir al paseo de gratis, ya que no habíamos pagado nuestro pasaje, y terminar nuestro movimiento con alguna dignidad, ya que por lo menos, tuvieron que negociar con nosotros.

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