Capitulo 0.
Recuerdos.
Mis recuerdos comienzan con una foto. Estaba en Chapultepec, con mis progenitores. Era un bebé y mi mamá me sostenía en un caballo de madera, con el lago de fondo. Claro que esto lo recuerdo solo gracias a la imagen congelada en cloruro de plata. También tengo en la memoria algunas filmaciones que hizo mi papá con su cámara súper 8, que duraban 3 minutos. Soy hijo único de un matrimonio de clase media sesentayochera, y lo digo no tanto por que mis padres hallan pertenecido realmente a este movimiento si no por que lo sucedido el 2 de octubre afectó sus vidas de una o de otra forma. Cuenta mi jefe que cuando se enteró de lo que pasó en la plaza de las tres culturas, por los periódicos que publicaron la noticia velada y tergiversada, pero que la mencionaron al fin, sintió una rabia y un coraje que lo transformaron, que lo obligaron a no poder ser el mismo. Mi mamá no tiene ninguna anécdota al respecto, ya que ha llevado su vida lo mas alejada que ha podido de cuestiones políticas, pero aunque no haya sido esta su intención, los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor afectan siempre a nuestra persona, lo queramos o no.
Mi primer contacto con la política del país lo tuve durante la campaña presidencial de Valentín Campa, quien tuvo la osadía de lanzarse a las elecciones presidenciales de 1976 como candidato de un partido sin registro. Agitaba una banderita roja y usaba un paliacate y una gorrita rojos. Iba en los hombros de mi tío Francisco con mi madre a un lado. Estábamos en una manifestación, no se de donde a donde. Tal vez en el centro, por los edificios que se veían al fondo. Mi papá filmaba con su cámara. Recuerdo una melodía que cantaban Antar y Margarita, que yo bailaba corriendo de lado a lado por el pasillo de mi casa.
Con Valentín, con Valentín, con Valentín hasta el fin, hasta el fin. Compañeros que defienden con valor nuestros derechos son encarcelados contra la constitución, debemos exigir los derechos del pueblo...
Mi papá pertenecía al Partido Comunista y mi mamá y yo también, por consiguiente. Tiempo después, cuando se convirtió en PSUM, nos expulsaron, o nos salimos, o las dos cosas, la verdad es que no se bien que pasó. Aunque nací en la época de Echeverría, al primer presidente que recuerdo es a José López Portillo (o López “Chorrillo” como le decíamos de cariño en la casa). Lo que más anhelo de aquella época eran las monedas que había. Me gustaba meterlas en mi boca, para sentir su sabor metálico, a pesar de las recriminaciones de mi mamá, quien me daba explicaciones acerca de su inmundicia. Que pasaban de mano en mano y que podían contener bichos. Pero no me importaba. Esas si que eran monedas. Mi favorita era la de a 5, redonda y grande con Guadalupe Victoria al centro. También era bonita la hexagonal de a 10, con Miguel Hidalgo. Y el peso Morelos. Y los veintes de Madero. Y los dieses de elote. Eran los tiempos en que nuestra moneda todavía tenía alguna dignidad.
Recuerdo el informe de gobierno en que López Portillo nacionalizó la banca. Mi papá y algunos de sus amigos se reunieron en mi casa para verlo, tomando unos alcoholes. En aquella época, para algunos mexicanos, ver un informe era como ver un partido de fútbol. Un año antes el Presidente había dicho que defendería el peso como un perro y no conforme nuestra moneda se había devaluado muchísimo. Ahora, sorpresivamente, anunciaba que los bancos ya no serían privados y salían lágrimas de sus ojos despidiéndose de sus compatriotas y pidiendo disculpas por los errores que hubiera cometido. A mí, la verdad si me pareció sincera su actitud, y hasta digna de admiración, pero callé mi opinión ante las muestras de sarcasmo de los reunidos en mi casa.
-Quiere llorar, quiere llorar.- Gritaban burlándose de nuestro presidente. Cuando terminó el informe, mi papá y sus amigos siguieron tomando y platicando acerca de lo que había pasado. Sea lo que sea los había tomado por sorpresa esto de la nacionalización de la banca. Lo chistoso del informe de gobierno era que se veía como un partido de fútbol, pero que se seguía jugando todavía después de concluido, y una buena parte de los aficionados se sentía parte del juego. De los reunidos en mi casa, nadie creía en las buenas intenciones del Presidente, pero como sea el gesto era digno de encomio. Eso de nacionalizar la banca, en el último informe de labores, había agarrado a mi jefe y a sus cuates como quien dice en fuera de lugar, para utilizar un término pambolero, quienes necesitaron ir por otro pomo para seguir analizando la situación y para preparar sus estrategias de juego. Pobres ilusos. Al sexenio siguiente De la Madrid volvería a privatizar la banca sin siquiera tomarlos en cuenta. Eso si, hay que decir que lo hizo a la sorda, a escondidas, a espaldas de la nación.
Cuando empecé a ser más independiente y me empezaron a dar dinero para gastar fue hasta que entré a la Primaria. Cuando había, me daban un cinco, para gastar en la cooperativa. Comenzaba mi educación formalmente, y ya no sería un preescolar. De ahí en adelante todo se anotaría en mi currículo. Cuando tenía seis años mi pantalón favorito era uno con muchas bolsas y mi suéter azul con cierre al cuello, los dos regalo de la ropa usada que mandaban mis primos de Estados Unidos. El mundo era algo sorprendente. Todo era nuevo y servía para lo que a uno se le antojara. El juego, la diversión, eran el objetivo en la vida. Del mundo adulto no se entendía más que de una forma: todo marchaban bien hasta que se acababa el dinero. Lo más importante eran los amigos, las personas de la edad. Con ellos pasaban las horas, surgían mundos y se desaparecían al finalizar los juegos. Se formaban historias con personajes efímeros. El universo se contenía en el juego.
En la escuela era donde mas a gusto me sentía. Del kínder oficial me cambiaron a una escuela abierta en la que no tendría que usar el uniforme. Podría llevar mi pantalón de bolsas y mi suéter azul. Mis amigos también llevaban su ropa favorita y convivíamos entendiéndonos en nuestras respectivas diferencias y similitudes.
Nuestros códigos, que aunque provenientes del mundo adulto, eran matizados por la infancia, que los simplificaba. Nuestras personalidades, reflejo de nuestro cuerpo y de la influencia de nuestros padres, convivían en un ambiente de igualdad y tolerancia, solo alterado cuando la fuerza bruta entraba en funciones. Es decir cuando alguno de los más grandes del salón o de otros grados hacia valer su razón con golpes, sobre la de uno más pequeño. Y ni modo. Había que saber perder y esperar a que la maestra hiciera justicia. Por lo menos se podía contar con el consuelo del resto del grupo que, por lo general, aunque no hiciera algo concreto contra la injusticia, se inclinaba, aunque solo fuera en actitud, por el mas débil.
En aquella época no es que yo fuera débil. Lo que pasa es que los de mi grupo éramos los mas pequeños de la escuela, y nos caían gordos los de segundo por que hacían valer su voluntad con nosotros, los cuales a su vez odiaban a los de tercero, los que no soportaban a los de cuarto, por que los de quinto los habían tratado así, por que los de sexto defendían a los de cuarto para abajo de las maldades de los de quinto, y así los de quinto odiaban a los de sexto pero se desquitaban con los de cuarto.
En la primaria ir en cierto grupo también significaba tener una cierta estatura y una determinada fuerza bruta. Me acuerdo de mi cuate el Giguins , que era mas grande que el resto de los demás, todavía mas que los de segundo, y no era gandalla con nosotros. Todos lo queríamos ya que, aunque no metía las manos, nos hacía sentir seguros.
También estaba el inadaptado del salón, que aunque no era fuerte era pasado de listo. Yo peleaba con Rubén, una o dos veces por semana. Y ahora que lo pienso ya no se si el inadaptado era él o era yo. El grupo se dividía entre pandillas de 4 o 5 miembros, quienes nos peleábamos la primacía de la fuerza. No siempre peleábamos pero era importante mantener en la pandilla a los miembros indispensables para que no ser vulnerables. Era una labor política, ardua y delicada. El chiste era no quedarse solo. La unión hacía la fuerza.
Pero por otro lado, debíamos mantener la unidad a un nivel más general, ya que si no seríamos víctimas de las pandillas de los otros grupos, mas grandes. En fin, la vida se daba en esos términos. Las niñas también eran importantes, pero no tanto como los amigos. A veces, era motivo de burla algún desliz con ellas. Había una que no me dejaba en paz.
Yo no sabía por que, pero hacía lo posible por estar conmigo, darme un beso y provocar las burlas de Tonathiu y de Adrián. Yo la odiaba y no entendía porque tenían que haber niñas. Hacían la vida mas difícil. Me acuerdo de Liber que, según el, estaba enamorado de mi prima. Hacía lo posible por llamar su atención, y yo lo ayudaba en algunas artimañas que inventábamos para eso, tales como embarrarnos con salsa catsup para fingir que estábamos heridos y provocar así su compasión.
Con cada uno de mis cuates el juego era diferente. La unión de nuestros dos, tres, o cuatro originales mundos creaba uno todavía mas fantástico, mas real. Jugar con mi prima también era divertido, aunque diferente. Las niñas, no sabía yo bien en que, pero eran distintas. Creaban mundos diferentes, jugaban a las muñecas, a la comidita, vestían falda y usaban el pelo largo. No tenían ya sabes que cosa.
Manejaban una moral distinta que la de nosotros. Ellas siempre querían quedar bien con los adultos siendo limpiecitas, haciéndole caso a la maestra y portándose bien. Nosotros no. Apenas y hacíamos la tarea y lo indispensable de la clase para usar el tiempo en otras cosas, queriendo también siempre complacer a los adultos, pero desde otro matiz.
-No, hombre. Mi hijo es tremendo. Tra-vie-sí-si-mo. Ya no se que hacer con el, fíjese comadre.- Y el niño escucha esto y se siente complacido y con mas ganas de hacer travesuras, ya que su madre lo presume y algunas veces hasta lo platica .
No hay comentarios:
Publicar un comentario